¿Por qué la canela, los frutos secos y una buena taza de té pueden devolvernos a lugares y momentos que creíamos olvidados?
Hay una manera muy particular de reconocer que ha llegado el otoño. No hace falta mirar el calendario, comprobar la temperatura ni observar cómo amarillean las hojas de los árboles. A veces basta con abrir la puerta de casa y respirar.
El olor de las primeras lluvias sobre las calles, las castañas asadas, la madera húmeda, una panadería al comenzar la mañana o el café recién molido nos anuncian el cambio de estación con una precisión que ningún pronóstico meteorológico consigue igualar.
Y ocurre algo curioso: algunos de esos aromas nos resultan familiares incluso cuando llevamos años sin percibirlos. Aparecen inesperadamente y, durante unos segundos, nos devuelven a otra época, a una casa, a una persona o a un momento que no sabíamos que conservábamos tan nítidamente en la memoria.
El olfato tiene esa extraordinaria capacidad de recuperar recuerdos sin que los hayamos buscado.
En NamasTé trabajamos a diario con aromas. Abrimos recipientes de té, seleccionamos ingredientes, preparamos mezclas y distinguimos la presencia de frutas, especias, flores o frutos secos antes incluso de probar una infusión.
Es una parte de nuestro oficio que nos sigue interesando especialmente: la capacidad de un olor para despertar asociaciones diferentes en cada persona. Y si existe una estación especialmente propicia para hablar de ello, probablemente sea el otoño.
Proust, una magdalena y una taza de té.
La literatura nos dejó uno de los ejemplos más conocidos de la relación entre los sentidos y la memoria.
En «Por el camino de Swann», primer volumen de «En busca del tiempo perdido», Marcel Proust describe cómo el narrador, al probar una magdalena mojada en una taza de té, experimenta una emoción inesperada. Aquel sabor familiar acaba devolviéndole recuerdos de su infancia en Combray, especialmente de las mañanas en que su tía Léonie le ofrecía ese mismo dulce.
Lo interesante es que el recuerdo no aparece como consecuencia de un esfuerzo consciente. El narrador no se sienta a reconstruir su infancia ni busca deliberadamente una imagen del pasado. Es una sensación aparentemente insignificante la que desencadena todo el proceso.
Proust convirtió aquella escena en una de las grandes reflexiones literarias sobre la memoria involuntaria. Desde entonces, hablamos del efecto Proust para referirnos a esa capacidad que tienen ciertos olores y sabores para despertar recuerdos autobiográficos intensos.
La ciencia ha estudiado el fenómeno y ha encontrado que los recuerdos evocados por olores pueden presentar una especial intensidad emocional y una fuerte sensación de regresar mentalmente al pasado.
Tal vez resulte apropiado que uno de los pasajes más célebres de la literatura sobre la memoria comience precisamente con una taza de té.
¿Por qué los olores nos hacen recordar?
Nuestro cerebro procesa los olores mediante un sistema estrechamente relacionado con regiones que participan en las emociones y la memoria, como la amígdala y el hipocampo.
Eso ayuda a explicar por qué un perfume puede provocar una reacción emocional inmediata, incluso antes de que sepamos identificarlo.
A diferencia de una fotografía, que normalmente reconocemos porque representa algo concreto, un aroma puede despertar primero una sensación de familiaridad y solo después llevarnos a descubrir su origen.
Quizá reconoces el olor de la canela, pero tardas unos segundos en recordar que procede de aquellos bizcochos que se preparaban en casa cuando eras pequeño. O percibes el perfume de una naranja recién pelada y, sin saber muy bien por qué, recuerdas una sobremesa de hace muchos años.
No todas las personas reaccionamos igual ante los mismos olores. Nuestra memoria olfativa se construye a partir de experiencias individuales, de las costumbres familiares y del entorno cultural en el que hemos vivido.
Por eso un mismo aroma puede recordar la infancia a una persona y un viaje a otra. Lo que para alguien es la cocina de su abuela, para otro puede ser un mercado de especias visitado durante unas vacaciones.
Esa diversidad forma parte de su interés.
El otoño tiene su propio perfume
Hay aromas que parecen pertenecer a una estación determinada. La canela y la manzana asada, por ejemplo, tienen una presencia particular cuando empiezan a acortarse las tardes. Otros, como la naranja o la almendra, aparecen en distintas épocas del año, pero adquieren un significado diferente según el ambiente que los acompaña.
No existe, naturalmente, un catálogo universal de olores otoñales. Buena parte de esas asociaciones proceden de nuestras costumbres, de la alimentación de temporada y de las tradiciones que hemos conocido desde pequeños.
En las ciudades mediterráneas, el olor de las castañas asadas anuncia que el frío empieza a acercarse. En algunas casas, lo hacen las primeras mandarinas. En otras, las especias que regresan a la cocina después de los meses de verano.
También hay aromas que nos recuerdan lugares lejanos. El perfume de ciertas especias puede evocar un mercado oriental, mientras que una mezcla de fruta y frutos secos nos devuelve a una pastelería europea o a una cocina familiar.
Los olores tienen esa capacidad de viajar sin necesidad de desplazarse. Y, cuando los asociamos a una vivencia concreta, pueden acompañarnos durante muchos años.
Tres mezclas de NamasTé para descubrir con el olfato
En nuestra tienda nos gusta que el cliente pueda apreciar el aroma de una mezcla antes de decidirse. Es una parte importante de la elección, porque el olor anticipa algunas características del té, aunque no siempre coincida exactamente con lo que después encontramos en la taza.
Entre las mezclas de nuestro catálogo hay tres que permiten apreciar especialmente bien esa relación entre aromas, recuerdos y sensaciones:
Rooibos Ponche de Almendras: el recuerdo de la repostería.
- El Rooibos Ponche de Almendras. combina una presencia generosa de almendra con manzana, canela y vainilla.
Su aroma tiene algo que recuerda inmediatamente a la repostería: los dulces de almendra, las masas recién horneadas y aquellas preparaciones en las que la canela y la vainilla anuncian el postre bastante antes de que llegue a la mesa.
Es una mezcla intensa, dulce y con cuerpo, que admite muy bien un poco de bebida vegetal. Al no contener cafeína de forma natural, resulta especialmente adecuada para quienes prefieren una infusión sin estimulantes al final del día.
Pero su interés aquí no reside únicamente en el sabor. Está en la facilidad con la que esos ingredientes pueden despertar recuerdos asociados a la cocina y a las reuniones familiares.
Té verde y blanco NamasTé25: los aromas de una celebración
- Nuestra mezcla de Té verde y blanco NamasTé25 tiene también una historia particular. Forma parte de la colección creada para celebrar los veinticinco años de NamasTé.
En ella encontramos una combinación de almendra, naranja, manzana y piña sobre una base de té verde y blanco. El resultado reúne aromas frutales y de frutos secos, con una personalidad diferente a la de las mezclas especiadas más habituales del otoño.
La naranja y la piña aportan un contrapunto vivo, mientras que la manzana y la almendra introducen notas más familiares y suaves.
Esta mezcla permite recordar algo importante: la memoria olfativa no depende únicamente de los ingredientes tradicionales de una estación. También se construye a partir de acontecimientos y experiencias personales.
NamasTé25 nació para celebrar un aniversario, pero cada cliente puede acabar relacionando su aroma con un momento completamente distinto.
Té negro Calabaza y Cúrcuma: el perfume de la cocina otoñal
- El Té negro Calabaza y Cúrcuma es posiblemente el más directamente relacionado con el imaginario gastronómico del otoño.
Su combinación de té negro, manzana, almendra, calabaza y cúrcuma reúne aromas de fruta, frutos secos y especias sobre una base con cuerpo.
La cúrcuma introduce una nota terrosa característica, mientras que la almendra y la manzana aportan una dimensión más dulce. Es una mezcla que recuerda a ciertos ingredientes habituales en los platos y postres de temporada.
Puede tomarse sola o con un poco de leche o bebida vegetal, especialmente durante las mañanas frías.
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Sin embargo, te proponemos algo distinto: antes de prepararla, abre el paquete y dedica unos segundos a identificar sus aromas. Intenta reconocer qué ingrediente percibes primero y qué imágenes te sugiere.
No hace falta convertir la preparación de una taza de té en un examen de cata. Basta con prestar algo más de atención a un sentido que normalmente utilizamos de manera casi automática.
Aprender a reconocer los aromas
El olfato también se educa.
Cuanto más nos acostumbramos a prestar atención a los olores, más referencias adquirimos para distinguirlos. Esa familiaridad resulta especialmente útil en el mundo del té, donde las diferencias entre variedades y mezclas pueden ser considerables.
Una manera sencilla de ejercitarlo consiste en oler primero las hojas secas y después la infusión recién preparada. El agua caliente libera sustancias aromáticas y modifica la percepción del conjunto. Algunos ingredientes adquieren mayor protagonismo, mientras que otros resultan más discretos.
También puedes comparar dos mezclas con un ingrediente común, como la almendra, y observar cómo cambia su presencia según esté acompañada de canela, cítricos o una base de té negro.
No es necesario conocer términos técnicos ni disponer de utensilios especiales.
La sensibilidad hacia los aromas se desarrolla con la práctica, la curiosidad y, sobre todo, con el gusto por descubrir diferencias.
El placer de reconocer un olor
En nuestro artículo anterior sobre el otoño hablábamos de los sabores de temporada y de las infusiones que acompañan las tardes frías. Esta vez hemos querido detenernos en algo que ocurre antes de beber: ese instante en el que abrimos un paquete, percibimos su aroma y reconocemos algo familiar.
Puede ser un recuerdo preciso o simplemente una sensación agradable que no sabemos explicar.
Quizá por eso el trabajo con tés y rooibos continúa ofreciendo descubrimientos después de tantos años. Una mezcla conocida puede revelar un matiz que había pasado inadvertido, o recordar algo diferente según el momento en que la preparamos.
El otoño tiene sus colores, sus temperaturas y sus costumbres. Pero también tiene un perfume propio, hecho de olores que hemos ido reuniendo a lo largo de la vida.
Y algunos, por fortuna, regresan cada año.


